Nacímos de una semilla llamada pensamiento,
germinamos en la tierra de las creencias.
Nos alimentamos de los sueños.
A medida que pasaba el tiempo,
formamos nuestras raíces.
Poco a poco, nos despegamos de nuestros padres,
y sacamos nuestras primeras hojitas.
Aunque todavía eramos ramitas débiles y diminutas,
fuímos felices porque todo lo que eramos era creado por nosotros mismos.
Llegando a la adolescencia, nos convertímos en árboles jovenes.
El viento nos soplaba fuerte y lo sentíamos mucho.
A pesar de que habíamos crecido,
todavía eramos frágiles ramitas.
Con el pasar de los años,
nuestros raíces, los pensamientos más fuertes,
crecieron mucho y se arraigaron todavía más.
Nuestras ramas también crecían,
volaron mucho más alto y se engrozaron.
Nos volvímos fuertes e independientes.
Cualquier viento era una brisa que nos daba aire puro,
y, en vez de sufrir, lo empezamos a gozar.
Cada día se nos hizo una nueva oportunidad de agradecer.
Cada elemento y cada ser viviente que se nos acercaba,
era digno de bendecir y amar.
Cuando aprendímos a amar la vida,
aparecieron las primeras flores, los sueños más profundos,
que con el tiempo se convirtían en frutos.
Esos frutos, los sueños concretados,
maduraban, se nos desprendían, caían al suelo
y se convertían en abono que nos nutrían deliciosamente.
Tal era nuestra capacidad de soñar,
que, luego de practicar el desapego,
pudimos servir de alimento también a otros árboles.
Comenzamos a entender que somos parte de este ciclo hermoso,
perfecto y armonioso de la vida.
Nos volvímos eternos.
Somos árboles que crecen de acuerdo a cada pensamiento en cada instante.
Cuando aprendímos a amar la vida,
aparecieron las primeras flores, los sueños más profundos,
que con el tiempo se convirtían en frutos.
Esos frutos, los sueños concretados,
maduraban, se nos desprendían, caían al suelo
y se convertían en abono que nos nutrían deliciosamente.
Tal era nuestra capacidad de soñar,
que, luego de practicar el desapego,
pudimos servir de alimento también a otros árboles.
Comenzamos a entender que somos parte de este ciclo hermoso,
perfecto y armonioso de la vida.
Nos volvímos eternos.
Somos árboles que crecen de acuerdo a cada pensamiento en cada instante.





